Lo bueno:
Ya no me importa lo que Mauro piense de mí, así que estoy habilitada para hacer casi cualquier cosa.
Lo malo:
Todavía no consigo elaborar una estrategia para irme YA.
Después del fascinante relato de sus aventuras rusas, Mauro sigue hablando. Las primeras citas es una de las pocas circunstancias en que es mejor ser mujer. Los mismos hombres que si la relación avanza enmudecen, la primera vez llevan el peso de la conversación. Y en caso de que todo haya sido un error, podés limitarte a decir ¿En serio? mientras el otro habla. Normalmente yo también trato de colaborar para repartir el peso del fracaso, pero esta vez ni me molesto.
Estoy diciéndole que justo hoy estoy apuradísima, que mis hijas me esperan en casa hambrientas y solitarias cual huerfanitas de una novela del siglo XIX, cuando en la vida real deben estar cada una frente a su PC comiendo galletitas. En eso, Mauro se levanta y se dirige a la mesa de a lado. Con grandes manifestaciones de alegría, se saluda y abraza con dos hombres que están sentados ahí. Por lo que veo, amigos con los que se encontró casualmente. Mucho “¡Tanto tiempo!” y “¿Cómo estás?” y en medio de tantas efusiones, Mauro vuelve y me hace levantar para presentarme a sus amigos. Digo “Hola, qué tal” y “encantada” con mi cara más fingida mientras pienso: ¿Para qué me los presenta si nunca más nos vamos a volver a ver? Cuando le pregunten “Y, ¿qué tal esa mina del otro día?”, va a tener que contestar: “No sé, nunca más la vi”.
Mientras volvemos a nuestra mesa, empiezo a decir: “Bueno, ya se me hizo un poco tarde. Mis hijas me deben estar esperando…” cuando suena el celular de Mauro. Atiende mientras me dice: “disculpame, es por un tema de trabajo” y se pone hablar sobre una reunión para decidir no sé qué sobre la compra de unos campos. Aprovecho su distracción para llamar desesperadamente al mozo y pedirle la cuenta. Misedicordiosamente me la traen enseguida. Saco mi billetera para pagar, pero Mauro me detiene y paga él. Bien por él, aunque a esa altura estoy tan desesperada por irme que todo lo que tuviera que pagar por mi libertad me parece poco.
Una vez liquidada la cuenta, me levanto sin ninguna explicación y camino hacia la puerta. Mauro me sigue mientras habla por el celular y me hace gestos de que no puede cortar la conversación. Por que siga hablando, pude salir del Aroma y nada me va a detener en el camino triunfal hacia mi auto y mi casa. Desgraciadamente, Mauro no me permite huir tan fácilmente. Me pide que lo espere hasta que pueda cortar. Me da vergüenza dejarlo hablando solo, además ya casi lo logré. Me pongo de espaldas mirando una vidriera, como si me fascinara lo que tienen en exhibición. Por fin termina la conversación y Mauro me acompaña al auto. Un caballero.
Me despido por siempre jamás y manejo deseando estar ya en mi casa en pijama. Llego, meto el auto en la cochera, no veo que el de mi vecino quedó un poco más salido, lo toco con mi puerta (rayón
) y le hago un raspón al guardagolpes del suyo
¿Quién fue el imbécil que dijo que la vida es hermosa?
Mientras busco las llaves, escucho que el teléfono suena.




